Para la mayoría de nosotros, la Bastilla es el símbolo de la Gran Revolución Francesa, el frenesí popular y la caída del Antiguo Régimen. Y Napoleón Bonaparte es la persona que llegó al poder en la ola de ideas revolucionarias, pero luego construyó un imperio y se puso por encima de cualquier principio republicano. Parece que estos dos personajes están separados por un abismo. Sin embargo, en realidad están conectados no solo por la época histórica, sino también por proyectos sorprendentes y a veces paradójicos. Uno de ellos es el monumento gigante que Napoleón quería erigir en el lugar destruido de la Bastilla, con la esperanza de, como esperaba, escribir su historia y escribirse en ella. Pero ¿qué es lo que realmente unía al emperador con la principal prisión de Francia?
La toma de la Bastilla el 14 de julio de 1789 fue el evento con el que comenzó la Gran Revolución Francesa. Para los parisinos, esta sombría fortaleza era un símbolo vivo del despotismo real y del abuso. Ese día había solo siete prisioneros en la prisión, pero eso no importaba. La Bastilla cayó y con ella cayó la fe en la inmutabilidad del poder monárquico. Ese día se convirtió en el punto de partida para todos los eventos posteriores que llevaron finalmente al poder al joven general corsano Napoleón Bonaparte. Su golpe del 18 de brumario (9 de noviembre de 1799) los historiadores lo consideran el final real de la Revolución. Por lo tanto, Napoleón no fue simplemente el sucesor de la Revolución, sino su heredero directo, la persona que llegó al poder en la ola del caos provocado por la caída de la Bastilla.
Al convertirse en emperador, Napoleón comenzó una gran remodelación de París. Quería convertir la capital en una nueva capital imperial que competiera con la antigua Roma. Dentro de estos planes, se fijó en la plaza de la Bastilla, un lugar sagrado para los franceses como símbolo de la Revolución. El emperador decidió dejar su propia huella aquí.
En 1808, Napoleón pensó en erigir en la plaza de la Bastilla un gigantesco fountain en forma de elefante que debería perpetuar sus victorias en Egipto. No se trataba solo de un fountain, sino de una estructura monumental: según el plan del emperador, el elefante debía tener 24 metros de altura y 16 metros de longitud. En la espalda del elefante se previó una torre y del hocico debía correr agua. La simbolismo era evidente: Napoleón quería no solo adornar la ciudad, sino poner en el lugar del símbolo revolucionario un nuevo monumento que glorificara sus propias conquistas.
Sin embargo, el magnífico plan nunca se llevó a cabo. En 1813, en la plaza se erigió solo un modelo a escala completa de yeso del elefante, que permaneció hasta 1846. Nunca se fundió la estatua de bronce. Después de la caída de Napoleón, el proyecto se olvidó y en 1846 se reemplazó el elefante de yeso con la columna de julio, que hoy sigue en el centro de la plaza. Pero incluso el proyecto inacabado dejó una huella en la cultura: la frase \"elefante de la Bastilla\" en Francia sigue siendo utilizada para denominar un trabajo inconcluso. Y Víctor Hugo en la novela \"Los miserables\" hizo de esta estatua de yeso un refugio para el pequeño Gavroche.
La elección del elefante como monumento en el lugar de la Bastilla no fue casual. Directamente se remite a la campaña egipcia de Napoleón (1798-1801). El elefante con una torre en la espalda es un icono clásico de la antigüedad utilizado por los gobernantes helénicos y los emperadores romanos para subrayar su poder y su conexión con el Oriente. Para Napoleón, esto fue una manera de proclamarse como heredero de los grandes conquistadores, como una persona que trajo la civilización a tierras lejanas. El fountain con elefante debería haber sido no solo una estructura ingenieril, sino un manifiesto político destinado a reemplazar la simbolística revolucionaria con la imperial. El emperador quería que los parisinos, al venir a la plaza, recuerden no el asedio de la Bastilla, sino sus propios triunfos.
La relación del propio Napoleón con la Revolución y sus símbolos fue ambigua. Por un lado, nunca olvidó que fue la Revolución la que le abrió el camino al poder. Utilizó la retórica revolucionaria cuando le era ventajoso y, incluso durante el imperio, intentó conservar algunas conquistas revolucionarias, como el Código Civil. Por otro lado, Napoleón, como emperador, no toleraba la mención de la Revolución. Se consideraba heredero no de los revolucionarios, sino de los grandes monarcas de la antigüedad. Su propaganda imperial intentó convencer a los círculos monárquicos de que Napoleón era el verdadero heredero de los Borbones. Por lo tanto, el proyecto de erigir un elefante en el lugar de la Bastilla no fue solo un proyecto urbanístico, sino parte de esta propaganda: el emperador quería apropiarse del espacio revolucionario, reescribir su historia y escribirse en él como su cúspide.
La conexión entre la Bastilla y Napoleón es una historia sobre cómo se intentó reinterpretar y apropiarse del símbolo revolucionario. Napoleón, que llegó al poder gracias a la Revolución, quería poner en su monumento principal su propio signo imperial. Su proyecto del fountain-elefante quedó inacabado, pero nos dice mucho sobre las ambiciones del emperador: no solo quería adornar París, sino reescribir la historia. La Bastilla sigue siendo el símbolo de la Revolución, pero Napoleón también dejó su huella en su lugar, aunque no de bronce, sino más bien cultural, que nos recuerda hasta hoy cómo están entrelazadas las vidas de las personas grandes y los grandes eventos.
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